Por Beka Avila 

Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo… estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria, jóvenes despreocupados que no saben que pronto estarían ahí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco serían ellos”. Así comienza Elena Poniatowska su célebre libro que narra una de las noches más largas y obscuras de México, La Noche de Tlatelolco.

El sábado pasado México despertó con un obituario: “Fulanito (Congreso) o Zutanito (Funcionario público) o Perenganito (Órgano del Estado) lamenta el sensible fallecimiento del Lic. Luis Echeverría Álvarez …” Cuando leí la frase “lamenta el sensible fallecimiento”, vinieron a mi mente los miles de estudiantes que, cual patitos en los juegos de feria, fueron cayendo uno a uno en la plaza de las tres culturas, la tarde del 2 de octubre de 1968. Sólo que, a diferencia de la feria, estos patitos no eran de hule y tampoco regresaban a su posición, estos blancos eran estudiantes, padres y madres de familia, niños, ancianos, chismosos que veían el merequetengue y vendedores ambulantes que aprovecharon la ocasión para llevar comida a casa. Para las 20:00 ninguno de los patitos caídos rebotó a su lugar, porque su alambre había sido destrozado por una bengala que cayó del cielo, enviada, según el radio pasillo, por aquel que ahora descansa en paz. Por eso cuando leí los obituarios emitidos por órganos del Estado y funcionarios públicos, que lamentaban la muerte del genocida, entendí por qué en México nunca cambia nada. Yo me pregunto si el pueblo alemán aceptaría un obituario a Hiltler, o el pueblo chileno a Pinochet. Dudo mucho que las madres de la plaza de mayo le dieran retweet a un “descanse en paz” por parte de la Cámara de Diputados dirigido a Videla. El hecho de que funcionarios públicos, medios de comunicación y órganos de Estado se atrevieran a emitir obituarios a un asesino, sólo confirma la cultura de olvido tan arraigada en la idiosincrasia mexicana. Entiendo, y, aunque usted no lo crea, trato de ejercer la diplomacia.

Como profesionista y abogada en potencia (atorada en el proceso de tesis) domino la importancia de ser “políticamente correcta” y estoy consciente que el deceso de un ex presidente, con una pésima administración, dicho sea de paso, es un asunto de Estado. Pero ese ex mandatario, además de devaluar al país en todos los sentidos, también fue promotor, ejecutor juez y verdugo de los años más sádicos de la Guerra Sucia en México. Que Dios me perdone, a mí y a Echeverría, pero ante sucesos como la matanza de Tlatelolco y el jueves de Corpus Christi, no hay lamento en su muerte, tampoco gozo, pero ¿¡que descanse en paz!? No. Echeverría vivió 100 años, tal vez llenos de soledad, pero su legado jamás descansará en paz, porque si dejamos que descanse, entonces nunca habrá paz. La Noche de Tlatelolco no debe descansar en paz, porque en el olvido está la reincidencia ¡el 2 de octubre no se olvida! ¡el 2 de octubre, jamás, “descansará en paz”!