Por Isak Haras

En su famoso libro Análisis Económico del Derecho, Richard Posner habló del derecho penal como una ecuación: el posible sujeto activo calcula su decisión de cometer un delito, estimando la pérdida que podría tener (multas, años de prisión) multiplicada por la probabilidad de ser sometido a esa pérdida (qué tan posible es que lo atrapen, y puedan probar que esa persona cometió el delito). Entonces, si la lógica de Posner es correcta, disuadir la acción criminal requiere dos elementos: aumentar las sanciones por los delitos y optimizar las probabilidades de que un delincuente sea efectivamente sancionado. En Inglaterra, se analizó algo similar en el siglo XIX, conocido como la política de las “zanahorias y garrotes”, que se refiere a que para lograr el buen comportamiento, se debe premiar la acción correcta (con “zanahorias”) y castigar la acción perversa (con el “garrote”).

Ahora bien, existe la posibilidad evidente de que muchas personas sancionadas por delitos no son las responsables, y eso perjudica al Estado de Derecho, en tanto a mayor tasa de casos erróneamente resueltos, menores son las probabilidades que un delincuente estima de ser atrapado y mayor grado de impunidad. Sin embargo, hay países donde el sistema penal es más efectivo, se realizan investigaciones serias, y tienen una mayor tasa de resolución de delitos. En tales casos, una de las grandes preguntas, debates y polémicas es cómo se debe tratar a los prisioneros, y cuál debe ser el enfoque de un sistema penitenciario. Dependiendo de la vertiente, unas personas abogarán por la idea de la readaptación social, mientras otras preferirán un sistema de prisiones más castigador y retribucionista.

Las justificaciones detrás de cada corriente son evidentes. Quienes prefieren la readaptación social consideran que, si durante la pena de prisión, se enseña a los presos a realizar actividades más virtuosas, podrán cumplir su pena, y retornar a la sociedad libre de forma que ya no sean un peligro. Por otro lado, un sistema de sanciones más estricto se justifica con la lógica preventiva: si se demuestra a la sociedad en general que quien cometa un delito será duramente castigado, se reducirá el número de personas que estén dispuestas a delinquir. Ninguno de ambos sistemas es perfecto, pero sus respectivas debilidades son distintas.

El gran problema detrás de un sistema que se concentra en la readaptación social es que no es del todo realista. Primero, porque suele enfocarse en la idea de que la delincuencia es consecuencia de la pobreza, y que la gente comete acciones tipificadas porque estas les pueden ofrecer mejores condiciones económicas. Sin embargo, hay un gran número de delitos que no tienen relación alguna con la condición económica o la necesidad de sobrevivir, y enseñarles a sus comisores a hacer algo más amable no implica que dejarán de realizar acciones riesgosas. Igualmente, la mayoría de delincuentes son personas psicológicamente afectadas, que no responderán de manera favorable a intentos de hacer cesar sus acciones. Igualmente, incluso en casos donde la delincuencia se debe a cuestiones económicas, un gran número de personas, con cierta razón, no querrá darle empleo o hacer negocios con personas que estuvieron en prisión, incluso si alegan estar rehabilitadas. Igualmente, quienes cometen delitos menores no violentos solo por necesidad de sobrevivir no son personas que requieren readaptarse, sino personas que solo necesitan una fuente de ingresos.

También hay un problema de efectividad en la noción de la readaptación social. Si alguien que piensa cometer un delito no considera que una prisión es un lugar suficientemente hostil o inconveniente, no le parecerá tan preocupante cometer un delito. En palabras de Posner, la pérdida se hará menor. Claro, un sistema penitenciario más estricto no es perfecto, no hace esfuerzo alguno por mitigar la posibilidad de que quienes cumplan su pena sean menos peligrosos, sino lo contrario. Sin embargo, sí cumple de mejor manera la función disuasiva e intimidatoria que requiere el sistema penal para ser efectivo en la prevención de delitos. Por lo anterior, es relevante encontrar un balance entre ambas ideas, pero pragmáticamente, cuidar a la sociedad de la delincuencia requiere una mayor carga de un sistema penitenciario más estricto y más gravoso, con más “garrotes”.

Isak Haras: Pasante con carrera terminada en proceso de titulación, en Derecho y Relaciones Internacionales, originario de la Ciudad de México, con práctica en los sectores de atención jurídica corporativa y regulatoria, ex-ITAM (2016-21).