La indisciplina partidista en México

Por Beka Avila Ortiz

Hace unos días platicaba con una amiga un tema muy interesante, pero poco cuestionado: la indisciplina partidista de nuestros políticos. Desde ese día he tenido la cosquilla de hablar sobre la indignación que genera el hecho de que nuestros “representantes” cambien de partido, con mayor frecuencia de lo que cambian sus calcetines. Eso sí, con cada cambio de ideología, casualmente, viene un cambio de casa, de auto o de destino vacacional, para ellos claro está, porque para nosotros los “representados” nomás no cambia nada.

Uno de los temas torales dentro de una democracia representativa es el papel que juegan los partidos políticos, como instituciones de agregación y promoción de los intereses y las necesidades de los representados. La disciplina partidista puede entenderse como el control que los partidos tienen sobre sus miembros, específicamente en la toma de decisiones durante la legislatura.  Si bien la historia partidista en México es compleja, pues, de facto, podemos hablar de partidos políticos y oposición hasta los 90´s, cuando, después de 70 años de hegemonía, el PRI fue eliminado del poder absoluto. Indudablemente este fue un gran cambio para el país, ya que, por primera vez en la política mexicana, se abrieron curules para insertar otros ideales. Sin embargo, este cambio también desató una serie de eventos desafortunados. Es curioso pensar que fue, precisamente, a través de una liberación política, como surge una nueva teoría que muchos burócratas deciden adoptar: el chapulineo[1], en otras palabras, la gran indisciplina partidista de los políticos mexicanos.

Yo entendí la gravedad del chapulineo cuando un profesor, ex presidente de un partido político, nos dijo algo que nunca olvidaré “yo soy agnóstico político, y cómo Octavio Paz, estoy en mi laberinto de la soledad llamado política”, bueno yo aplaudí con lágrimas en los ojos esa declaración, no es broma, la escribí en mi libreta de frases célebres. Meses después, me encuentro un artículo escrito por él en un periódico, en el cual aclamaba y veneraba al partido que ese año ganaría las elecciones. Partido con ideales totalmente contrarios a los del grupo parlamentario que él dirigió años antes. La verdad es que, en ese momento, la agnóstica política fui yo. Lloré de decepción, de coraje, de frustración. En mi mente era impensable que una persona así, se atreviese a impartir cátedra a jóvenes con ideales, con posturas definidas y con credos tatuados en nuestros corazones. Es fue mi primera decepción chapulina. Luego vinieron las alianzas entre partidos que, pocos años antes, eran enemigos y rivales. Después llegaron los legisladores conservadores que se fueron a la izquierda, incluso más que un cero. Siguieron los liberales que terminaron votando en contra del aborto, matrimonio igualitario o legislación de la marihuana, con argumentos que sólo el Papa entendería. Cómo olvidar a aquel candidato que lo único naranja que tenía, era la piel de tanto borncearse. Y la cereza del pastel, un partido ecologista que lo único que recicla son miembros de otras bancadas.

Hay un aspecto que me genera un poco de conflicto, incluso podría decir que gracia, en México es mucho más criticado y reprobado un “FIFAS” que cambia de camiseta, que un político de partido. Nuestro Congreso es tan villamelón, que un mismo legislador un día se pinta de azul, al siguiente de amarillo, y en la última sesión ya es naranja. Y es que verdaderamente, ¡no contábamos con su astucia! Pero en una misma legislatura, nuestros políticos tienen más colores que el catálogo de Pantone Y nuestros ideales, para los cuales votamos, terminan más salados que los chapulines que le ponen al guacamole.  


[1] Del verbo chapulinear: brincar de un lugar a otro.

Beka Ávila: Egresada del ITAM, defensora de los derechos humanos y de las quesadillas con queso.