Por Beka Avila Ortiz. 

Hoy tu madre sale a la tiendita, al cafecito, por drinks, a pasear al perro o a buscar la cena para ti. Pasan horas y no regresa, le mandas whats y sólo aparece una palomita, marcas y escuchas su voz en la grabadora.  Pasan más horas, y comienzas a angustiarte. Vas a la policía, ellos, con una torta en la boca, te dicen que esperes, que no te angusties porque “seguro anda con el amante”. Pasan exactamente 72 horas y activan, con hueva, el protocolo. La foto que más te gusta de ella comienza a circular en las redes, las noticias y tapiza las calles. La gente comienza a comentarlas: “está muy buena”; “su vestimenta no es apropiada para una mujer de esa edad”; “¡cómo se atreve a salir con las amigas!”; “seguro anda con el amante”; “¿qué hace una señora fuera de su casa a esa hora?”. En el mejor de los casos pasarán días, pero podrían ser semanas, meses e, incluso, años; y, cada día, tú la buscas desquiciadamente.  Diario visitas la procuraduría, la fiscalía o la policía y la única respuesta que obtienes por parte de un burócrata — que se limpia la comida de los dedos con el expediente de tu madre— es que no se sabe nada, que regreses mañana y, obvio: con dinero. Claro que lo anterior resulta si tienes suerte, porque hay otros que te amenazan si sigues buscándola. Un día tu madre aparece. ESTÁ MUERTA. Su cuerpo, ese mismo que abrazabas, está lastimado, mutilado, golpeado y violado. De repente esa foto de ella que tanto te gustaba, ocupa espacios en pancartas moradas y su nombre resuena una y otra vez en los gritos de miles de mujeres que salieron a exigir justicia sin siquiera haberla conocido. También salen los verdugos: la culpan por su feminicidio, cómo si salir con jeans pegados, leggins o mini falda fuera una sentencia de muerte o un pase VIP a la guillotina. Quieres romperlo todo, quemar la ciudad entera, destrozar un Estado que te prometió protección y seguridad en los meses de campaña, pero una vez en Palacio Nacional te cerró las puertas y te puso una barda para que no lo incomodes, para que lo dejes dormir. Tu madre protagoniza los encabezados una semana, porque a la siguiente ya es la madre de otro y, la tuya se olvida, se vuelve una estadística, un número negro en un gobierno rojo. 

Había prometido que mi columna en este espacio sería cómica, pero en México no hay espacio para las bromas. Hay un ambiente fúnebre, respiramos aires de sepultos. El único aroma floral en esta primavera es el del cempasúchil que se pone en honor a las muertas. Todos los días desaparecen a diez, pero nos matan a todas. Ya no hay vida con miedo. No hay vida cuando caminamos sobre cadáveres ni cuando preferimos quedarnos en casa por miedo a no regresar. Tampoco hay vida cuando despertamos en medio de la noche, angustiadas, a revisar si pusimos las doscientas cerraduras en casa. Tampoco hay vida cuando, en el intento de seguir con vida, nos critican, nos dicen que “esas no son formas”; “que somos unas neo-nazis”; “que eso no es de una dama”; “que por eso nos matan”.  La realidad es que en México ya no hay vida para nosotras: ¡no hay vida si vivimos amenazadas! Ya sea en transporte público o privado, saliendo de un antro o de una maquiladora, ya sea en la ciudad o en la sierra, todos los días nos matan. No es cierto que con el miedo nos crecieron alas, porque esas ya las mutilaron.

Tan ajenos hemos sido a esta ola de violencia que, en menos de trece días, en un  pequeño parámetro de investigación, se encontraron cinco cuerpos de niñas asesinadas. Si esta tendencia sigue fija, si nos resignamos a despedir diez mujeres al día, en algún momento, le tocaría a tu mamá también. Pero puedes tener la certeza de que, si eso pasa, ahí estaremos vestidas de morado, gritando su nombre para que, en dónde quiera que se encuentre, sepa que no la olvidaremos. Porque ante un Estado de “derecho” ausente, entre nosotras nos cuidamos. 

Beka Avila: Egresada de la Facultad de Derecho del ITAM.