Por Isak Haras

Todos lo hemos hecho: hemos comprado un chicle o un dulce con una moneda, hemos encontrado a alguien vendiendo alguna artesanía sencilla en la calle y la hemos comprado y nos hemos sacado de algún apuro juntando cambio. Es tan cotidiano, que lo hacemos sin pensarlo, pero ¿qué sucedería si algo tan normal simplemente desapareciera? Cada vez es más común escuchar que hay comercios que ya no aceptan dinero en efectivo; mantienen un sistema más seguro, en el que solamente se puede adquirir bienes y servicios con tarjetas bancarias, transferencias electrónicas y otros medios de pago que no requieren billetes ni monedas. Una meta regulatoria de muchos países es precisamente eliminar el uso de dinero en efectivo paulatinamente, de forma que en algún punto, deje de utilizarse.

            La gran pregunta, ¿a quién afecta esto? El dinero en efectivo representa algunos problemas para el Estado: es imposible de rastrear, permite realizar operaciones sin pagar impuestos, y suele ser la forma idónea para financiar los negocios ilícitos, porque el efectivo es de difícil vigilancia. Por otro lado, el efectivo es en algún punto necesario para mantener el flujo de dinero corriente. Los sistemas bancarios son propensos a fallas, y si no existiera una alternativa cuando los bancos tienen problemas, la economía entera podría colapsar, aunque fuera por algunas horas. Tal vez, no representaría un riesgo para los negocios que realizan operaciones con créditos, pero sí para los millones de ciudadanos que ganan dinero de transacciones relativamente pequeñas (restaurantes, abarroterías, vendedores de productos), y que no cuentan con infraestructura para otorgar créditos y asegurar su pago.

            Además, lo anterior implica solamente una caída provisional, pero es menester mencionar a los negocios que dependen enteramente del dinero en efectivo. En México, las cifras del INEGI revelan que la contribución de la economía informal al Producto Interno Bruto del país oscila entre el 21% y el 24% anualmente. Esto significa que cerca de un quinto del dinero que produce el país viene de negocios que, en general, no están constituidos legalmente, no se encuentran bajo una estructura fiscal en forma y no están bajo visibilidad de autoridades que puedan verificar su cumplimiento con la ley. La informalidad suele ser jurídicamente desincentivada, pero no es realista pensar en la eficiencia económica sin algún grado de informalidad. Todos los participantes de la economía informal tendrían dos opciones: regularizarse o ir al desempleo.

            Por lo anterior, se genera la pregunta siguiente: ¿qué es más gravoso para México, un país con mayor desempleo y mayor pobreza, o un país en donde continúen existiendo sectores enormes de la economía que no cumplen obligaciones fiscales ni legales? Sin duda, una pregunta difícil. Ello, aún sin mencionar que el fisco tendría mucho más poder si dejara de existir el dinero en efectivo, porque se haría prácticamente imposible pasar por debajo del radar de organismos como el SAT, que recaban un importante número de datos de los contribuyentes. Pero en el lado amable, si organismos fiscalizadores tienen más información, también hay mejores garantías a otros derechos, por ejemplo, los derechos laborales de quienes trabajan en la informalidad sin ser patrones, y que hoy en día, es posible que no tengan algunas prestaciones de ley, por la dificultad de vigilancia en estos mercados laborales. Igualmente, sería más difícil para grupos delictivos realizar transacciones sin ser identificados, aunque es probable que sin efectivo, migrarían a esquemas como el pago con criptomonedas.

            En conclusión, existe una encrucijada trascendente en la idea de deshacerse del dinero en efectivo permanentemente. Hay buenos motivos para paulatinamente ejecutar una decisión así, pero por otra parte, deja a demasiada gente en el desamparo, y complica transacciones pequeñas, que también representan, en el agregado, una buena parte de la movilidad de la economía. Todo ello, aún sin mencionar las dificultades que le generaría al país para tener buen control de su política monetaria, pero ese deberá ser tema para quienes son expertos en ese campo.

Isak Haras: Pasante con carrera terminada en proceso de titulación, en Derecho y Relaciones Internacionales, originario de la Ciudad de México, con práctica en los sectores de atención jurídica corporativa y regulatoria, ex-ITAM (2016-21).